jueves, 16 de julio de 2020

De la ubicuidad de la cultura popular, subconscientes traicioneros, Fritz Lang y pop flamenco

Que la cultura popular nos rodea no es ningún descubrimiento. Ocupa un espectro tan amplio de la vida que resulta lógico. Todo es cultura popular, prácticamente. No sólo nos rodea sino que está integrada en nuestro inconsciente a niveles rayanos en lo ridículo. A este absurdo se le suma un superpoder que tengo, que no sirve absolutamente para nada y que consiste en que conozco las letras de demasiadas canciones de todo tipo. Absurdez supina. Y sobre esa absurdez...

Hace un par de días visioné - los pedantes no vemos, visionamos- una película de Fritz Lang de 1937, protagonizada por Henry Fonda y Sylvia Sidney, cuyo título diré luego. Es la segunda película americana de Lang, que no es poco. La primera fue Furia, con Spencer Tracy, que no sólo era magistral sino que inició ese tríptico sobre el hombre contra los prejuicios de la sociedad al que se le añade la película cuyo título aún no he desvelado y You and me (1938). La película de título desconocido es una de las primeras aproximaciones a ese género que ya en los 40 se asentaría, se convertiría en el favorito de muchos - y de las generaciones que vendrían - y que pondría de relieve la obra y el estilo de escritores como Hammett, Chandler o Cain: el cine negro. Género en el cual, por cierto, el propio Lang haría joyas ulteriores como La mujer del cuadro (1944), Perversidad (1945) o Los sobornados (1953). De Lang se podrían decir muchas cosas. Un pionero del cine, un creador de formas que ha influido en decenas de directores en el último siglo y en el actual, un autor capaz de adaptarse a las producciones faraónicas (Metrópolis, 1927) o proyectos más sencillos (como la película que nos ocupa de título próximamente desvelado)  con igual maestría. Un dato: Luis Buñuel, a efectos prácticos un genio del arte del siglo XX, sólo pidió un autógrafo ensu vida y fue a Fritz Lang.

El caso es que vi la película. Me maravilló. Me hizo pensar. Hizo que volviese a recordar que John Ford tenía toda la razón del mundo cuando dijo que el cine era Henry Fonda caminando. Sin embargo, toda esta satisfacción se esfumó cuando recordé que el título de la película era Sólo se vive una vez. En ese momento ya no pude pensar en la crueldad con la que el fatum castigó al personaje de Fonda. En ese momento resultaba imposible que me deleitase recordando la tremenda y brumosa escena en el patio de la cárcel. Nada de eso. Mi cerebro había dado Play sin yo consentirlo y ya sólo podía escuchar: 

Apaga el televisor,
enciende tu transistor
y siente unas cosquillitas por los pies.
Prepárate pa bailar
y cuenta luego hasta tres:
One, two, three, ¡caramba!

jueves, 7 de mayo de 2020

21 motivos musicales (ni 20 ni 22) para no emprender la vía psicótica y acercarse a la felicidad durante al menos dos minutos

Todo funciona en esta canción. Tiene un único defecto siendo minuciosos: llega un momento, hacia el final, en el que acaba.

La Declaración de Independencia de los Estados Unidos tiene una particularidad brillante. Comienza garantizando los tres principales derechos del ser humano. No es ésta la particularidad. Los dos primeros son el derecho a la vida y el derecho a la libertad. Bien, estándar, apropiado, sin complicarse, nadie replicaría. Lo brillante viene en el tercero; derecho a la búsqueda de la felicidad. Todos los ciudadanos merecen por ley ser felices. Yo habría añadido el derecho a decir “que te jodan”. A una ex pareja, como en la canción, o al que sea que lo merezca. Es una necesidad consustancial al género humano, una forma de liberación emocional que si no nos acerca a la felicidad -que muchas veces sí- tampoco nos aleja. Y ya si es en forma de canción y tienes la voz de Cee Lo Green, mejor. Bruno Mars lo sabía, por eso compuso esta canción y se la cedió a la mitad de Gnarls Barkley, que la incluyó en The Lady Killer (2010). Mención especial al traje rosa. Posiblemente sea el único ser humano al que le quede bien.

Quejarse es un arte. No cualquier queja es válida. El mal quejoso siempre es repudiado aunque tenga razón. Incluso a veces uno se alegra de lo que aqueja al quejoso por lo mal que se queja. El Kanka se queja que da gusto. Y con fundamento. Si el médico te dice que pongas en entredicho la verdad más verdadera, lo mínimo es quejarse. Tan bien le salió esta queja que fue el título de su primer disco.
Incluso si estás crucificado por un delito que no has cometido hay motivos para mirar el lado bonito de la vida. Dicen que Eric Idle canturreaba esta canción -que él se inventó- en los descansos del rodaje de la escena final de La vida de Brian. Gustó a todos y se quedó. Lo que en principio fue un cierre inesperado para la película, pasó a ser un éxito incontestable y finalmente llegó a ser un himno 100%  Monty Python de la alegría de vivir.

Wild Cherry sacó sus cuatro discos entre 1976 y 1979. Lo mejor de todos ellos es esta canción. Plena vorágine de la música funk en los 70, con James Brown como deidad absoluta y merecida. Wild Cherry era una banda de rock. Tocaban en 2001 Club una noche cuando en una pausa entre canciones alguien gritó. “Play some funky music, white boy!”. Rob Parissi, el vocalista, tomó nota. Compuso la canción y el resultado es esta virguería que se te adhiere a las meninges desde los primeros compases. Y no se va nunca.

Una de las muchísimas virtudes de las películas de Guardianes de la Galaxia es el uso de clásicos pop para acentuar la conexión de Peter Quill con su madre, y ya de paso elevar los niveles de molar a niveles raramente alcanzados antes. Cuando pensábamos que el Awesome Mix Vol. 1 era prácticamente insuperable, llegó el Awesome Mix Vol. 2 en la segunda parte y se mantuvo la grandiosidad musical. Tan identificable es el buen gusto del director, James Gunn y su equipo, que en la aparición de los guardianes en la pantagruélica Infinity War -dirigida por los hermanos Russo- lo primero que destaca no es ninguna de las otras fortalezas de sus películas, como la acción o el humor, sino la música. The Rubberband Man es un clásico instantáneo desde el primer segundo.

7. Johnny B. Goode - Chuck Berry, Bruce Springsteen & The E Street Band
Chuck Berry no fue el primero, pero seguramente fue el mejor. Johnny B. Goode es su Capilla Sixtina. La historia de un chaval de Louisiana que nunca aprendió a leer o escribir demasiado bien, pero que tocaba la guitarra de la misma forma que tocaba un timbre. En esta actuación que nos ocupa tenía 69 años. La mirada, entre la fascinación y la incredulidad, que le dedica Bruce Springsteen -uno de sus apóstoles- en los primeros momentos de la canción nos representa a todos.

El 21 de julio de 1969 Neil Armstrong y Buzz Aldrin, por ese orden, pisaron la superficie lunar. Michael Collins, el tercero en discordia, se quedó con las ganas. Este hecho supuso un enorme impacto para la sociedad. Afectó en todos los ámbitos de la vida. También en la música. Ese mismo año David Bowie sacó Space Oddity. Tres años más tarde Elton John estrenó Honky Chateau. Dentro de este disco está Rocketman. Otra genialidad de la dupla Elton John/Bernie Taupin. Una de las canciones favoritas del que está escribiendo estas líneas. Tan buena es que dio título al prodigioso y descarnado biopic que protagonizó Taron Egerton. Como bonus track una actuación de Elton John disfrazado de Pato Donald en Central Park cantando Your Song.  

Life Aquatic es una película-homenaje a Jacques Cousteau dirigida por Wes Anderson y protagonizada por Bill Murray. Bastante rara. Bastante única. Bastante buena. Uno de los secundarios es un guitarrista brasileño que continuamente versiona canciones de David Bowie en portugués. La escena final comienza con Steven Zissou, el personaje de Bill Murray, vestido de gala con un gorro rojo sentado en una escalera. Aparece un niño vestido de tirolés. Steven sube el niño a sus hombros. Empieza a andar, a cámara lenta, mientras empieza a sonar Queen Bitch, de Bowie. Enlaza con los créditos finales en los que aparece la tripulación del Belafonte, que se va sumando, uno a uno, a Steven y al niño en un travelling largo. Es una maravilla de broche final.

En 1983 la Motown cumplía 25 años. Se grabó un especial de televisión. Por allí desfiló lo más destacable de la música negra contemporánea, es decir, lo más destacable de la música contemporánea: Temptations, Four Tops, Marvin Gaye, Smokey Robinson o Diana Ross & the Supremes. Y los Jackson 5. Incluido Michael . Cuatro años antes había sacado Off the Wall, que muy posiblemente sea el mejor disco de la historia del pop. Esa noche actuó con sus hermanos. Un medley con casi todos sus éxitos, que no son pocos. Cuando la última canción acabó Michael dijo que le gustaban las antiguas canciones, pero también las nuevas. Un año antes había salido esa catedral que es Thriller al mercado. Michael Jackson iba de negro. Calcetines brillantes. Igual que un guante. Sólo uno. Se pone un fedora y se coloca en posición. Empieza a sonar la entrada de Billie Jean. La gente se vuelve loca mientras MJ comienza un contoneo hipnótico. Esa noche hizo por primera vez el moonwalk. Esa noche cambió el mundo del entretenimiento. Y el mundo a secas.

Soul Train era un programa musical que se emitió en Estados Unidos durante 35 años. Lo presentaba Don Cornelius que era un señor muy trajeado, que en los 70 lucía un afro portentoso y cuya voz parecía venir del interior de un gruta. Por allí pasaba la absoluta élite musical , particularmente durante los 70. En 1973 se pasó por allí Stevie Wonder. El primer Stevie Wonder, el que aún no conocía ni las túnicas ni los ponchos ni las trenzas. Antes de actuar estuvo glorioso en la entrevista diciendo que no se le daba muy bien, por lo que fuese, escribir autógrafos. Era la época de Superstition. Pocos seres humanos a lo largo de la historia han logrado generar ese grado de asombro. Stevie Wonder es la respuesta a muchas preguntas. Un tío que se pone “Maravilla” de nombre artístico y le queda bien. Y luego está el baile de los presentes en el vídeo. Contorsiones inimaginables, almacenamiento y exposición de flow a niveles radioactivos. Son los negros diciéndole a los blancos “ya nos sabe mal pero esto no lo podéis hacer vosotros”.

A mediados de los 60 Bob Dylan electrificó su guitarra y aparcó la armónica. Para dar ese paso al rock se acompañó de una banda canadiense que era tan buena que se llamaba The Band. En 1976 se separaron y Scorsese hizo un documental de su último concierto. El documental es The Last Waltz e incluye, entre otras piezas gloriosas, Ophelia. Tocar mejor en directo es una empresa complicada, casi como pellizcar un cristal. Canta el batería, Levon Helm, que a efectos prácticos es el talento  musical hecho señor con barba.

En 1967 se publicó The 4 Seasons Present Frankie Valli Solo. Y efectivamente era Frankie Valli cantando solo. Se incluyó en el disco esta canción escrita a cuatro manos por Bob Gaudio y Bob Crewe. La canción es sobradamente conocida. Es redonda, es un regalo. Un amigo de servidor sostiene que es la canción que salvaría si se produjese una catástrofe digital y todas las copias musicales de la historia se borrasen sin remedio. Es posible que el amigo sea yo.

Al menos a tres de las chicas que rodean a Frankie Valli en esta actuación no les importaría demasiado estar en otro sitio en ese momento, eso también debe decirse.

Pongamos que el alma existe. Pongamos que por el mero hecho de nacer se te asigna una. Y que logras vivir una larga vida sin sucumbir y vendérsela a Milhouse por 5 dólares. Y que mueres y tu alma abandona tu cuerpo. Y que llega a algún tipo de oficina celestial. Y que se evalúan tus hechos, tus virtudes, tus errores. Y que si todo va bien entras en una zona vip en la que serás feliz toda la vida. Supongamos que pasas el examen y te llevan a una puerta cuyo marco es inalcanzable a la vista y cuyos goznes tienen el tamaño del faro de Chipiona. Supongamos que hay un señor custodiando esa puerta, un señor aseado con buena presencia, barba presentable.  Supongamos también que el señor de la puerta te da a elegir una canción que sonará mientras entres. Pues yo elegiría September, de Earth, Wind & Fire con Maurice White como cantante, por supuesto.

Si por alguna razón no tuvieran September, elegiría ésta.

En 1965 Otis Redding, leyenda del soul, vuelve a casa después de una larga gira. No queda satisfecho con el recibimiento que le prodiga su esposa y escribe esta canción en la que pide respeto. En 1967 Aretha Franklin, titánide del soul, hace su propia versión de la canción para el disco I never loved a man the way i  love you. Todo cambia. Las mismas palabras adquieren verdadero sentido cuando ella las canta. Aretha representa a todo un colectivo que sí que merece un respeto que no tiene. Nace un himno.

John Lennon compuso I Am the Walrus. Una canción bastante lisérgica dentro de ese discazo que es Magical Mistery Tour (1967). Una especie de homenaje a la morsa de Alicia en el País de las Maravillas. El videoclip no tiene desperdicio. En 1998 George Martin, conocido como “El quinto Beatle” produce un disco recopilatorio de canciones de los Beatles con la participación de actores como Robin Williams o Sean Connery. La versión de la canción que nos ocupa es de Jim Carrey y es -no tan- sorprendentemente excelsa.

Quizá la única pega visible y notoria de Will Smith sea su amistad con Pablo Motos. Esta canción te gusta aunque no la hayas escuchado aún. 

Concierto de Jamiroquai en Verona. Llueve. “The rain can’t stop the party”. Empieza a sonar Little L. Una canción que incluye palmadas, por cierto. Las canciones en las que hay palmadas nos unen como comunidad. Por eso a tanta gente le gusta Friends. La cantidad de groove que se exhibe en esta canción resulta impúdica. Gran responsable de este sortilegio es este hombre con penacho indio en la cabeza. Su nombre es Jay Kay. Un momento, ¿acabas de descubrir que Jamiroquai es un grupo y no el nombre artístico del cantante? No pasa nada, todos hemos pasado por ahí. 

Carpool Karaoke es un sección gloriosa de The Late Late Show with James Corden. James Corden se monta en un coche con un cantante o un grupo y van intercalando canciones propias en una entrevista. Han pasado por allí casi todos: Sia, Sir Paul McCartney, Bruno Mars, Ed Sheeran, Stevie Wonder, Elton John, Kanye West -versión aérea-, Foo Fighters, Michael Bublé, Chris Martin… Y también los Red Hot Chili Peppers. El vídeo entero es maravilloso. Entre otras cosas, Anthony Kiedis revela que Cher fue su niñera. Aún así se reclama la atención del lector en lo que ocurre a partir del minuto 13:24. El qué es sencillo: cantan By the way. Lo importante aquí es el cómo. 

Louis Prima era un trompetista y cantante de jazz de Nueva Orleans, que era también conocido como “El rey del swing”. Quizá no sea tan conocido universalmente como otro trompetista y cantante de jazz paisano y tocayo suyo que se apellidaba Armstrong, pero no le quita brillantez. Puso voz al rey Louie de El libro de la selva de Disney, por cierto. La canción que nos interesa en este caso es una versión de la original que era un tango en alemán publicado en Viena en 1929 y compuesto por Julius Brammer. Irving Caesar adaptó la letra al inglés y se han hecho innumerables versiones. Una de las mejores es la que hizo Louis Prima con su esposa Keely Smith. En esta actuación para televisión le sumaron un componente de sketch cómico y el resultado es bastante satisfactorio.

miércoles, 29 de abril de 2020

El desván de Sherlock

Sorprendió mucho al doctor Watson que Sherlock Holmes ignorara todo respecto a la teoría de Copérnico y la composición del sistema solar. Sobre todo viniendo de un hombre así, tan sagaz, tan aparentemente omnisciente. Sherlock le explicó que el cerebro es un pequeño desván en el que erróneamente la gente almacena todo lo que encuentra a su paso. Todo tipo de datos y conocimientos mayoritariamente absurdos que se amontonan y que a la hora de precisar nociones realmente importantes sería imposible encontrar  por el desorden. Por eso Sherlock desechaba los conocimientos inútiles a su entender y se quedaba sólo con lo que le pudiera ser útil. Estoy bastante de acuerdo con él. Lástima que tenga un Diógenes cognitivo de manual. Sé demasiadas cosas sobre los supervolcanes. Recuerdo la alineación del Liverpool en la final de la Champions de 2005, la de Argentina en el Mundial del 86 o la del Alavés que casi gana la Uefa en 2001. Conozco la filmografía al detalle, año a año, de Woody Allen, Hitchcock o Lubitsch. Quizá no me haga tanta falta conocer tantos datos sobre Jack el Destripador o las profundidades abisales. A priori no encuentro funcionalidad inmediata a conocer en profundidad la Titanomaquia, su contexto previo y desarrollo. Realmente mi cerebro no es un desván. Mi cerebro es un Primark. Lo cual no implica mayor capacidad intelectual, sino mayor capacidad de almacenar conceptos fútiles y de no la mejor calidad. Como un Primark. Y como es un Primark está hasta arriba. Tanto que a veces me cuesta recordar incluso detalles de mi infancia. Algunos fueron sepultados convenientemente en algún momento dada su naturaleza vergonzante. Como aquella vez que me pasó algo particularmente vergonzante que escandalizaría seguramente al lector y que no puedo recordar por lo antes dicho. Hace poco buscaba entre las estanterías del departamento nostálgico y recordé una anécdota de cuando tenía nueve años a años en plena clase de Educación Física.

La anécdota implica fútbol. Dejo estos segundos que se tardan en leer esta frase que estoy escribiendo justo ahora para que los alérgicos dejen de leer si así lo estiman. Procedo. Creo que uno juega al fútbol como es en la vida. El que es muy apasionado no puede evitar seguir siéndolo si hay un balón por medio, por ejemplo. El que es taimado y tendente al hijoputismo indefectiblemente lo será y se verá en una pelota dividida. Modestia aparte, creo que mi caso es el del talentoso indolente. Vuelvo a apartar la modestia. 

Recuerdo aquel partido para acabar la clase de Educación Física. Recuerdo el campo de albero particularmente ancho con porterías de fútbol. Recuerdo lo desigual de los equipos, los de mayor volumen físico juntos. Recuerdo al profesor a un lado del campo, fumando, con aquel moreno artificial en febrero, con gafas de sol de esquiar en Sevilla, con un parecido creo recordar con Francis Lorenzo. Recuerdo la paliza que nos estaban dando. Y no recuerdo nada más hasta la última jugada. El portero me pasa el balón. Arranco por banda izquierda siendo diestro, adelántandome casi diez años a la tendencia aún hoy imperante en el fútbol. Sorteo a los dos primeros que se aproximan. Nada relevante porque son una mera avanzadilla y están cansados, sólo echo el balón hacia delante y esprinto. En este momento es cuando la jugada se vuelve frenética. Ya no paré de esprintar. Llegué apurado hasta el siguiente. Lo esquivé con un giro brusco de tobillo que pude hacer sin lamentar daño físico porque tenía nueve años. A partir de ahí me esperaba el horror. Los tres niños que mejor jugaban de la clase. Cada uno medía tres metros. Echaban fuego por la boca. Imposible pasar. No lo puedo aseverar pero dadas las alturas del partido y la proximidad del recreo es posible que literalmente fuera imposible pasar en tanto asistir porque de mi equipo ya no quedaba nadie. Así que encaré mi perdición sin aminorar. El primero de los tres era tan grande que literalmente le decían Andrés el Grande. Mi única opción era huir y fue lo que hice. Con el exterior desplacé el balón hacia su derecha y yo corrí por su izquierda. Cortocircuitó al querer ir a los dos sitios a la vez y cayó de culo. Del siguiente no recuerdo el nombre pero sí que juraría que tenía bíceps con nueve años. Me estaba quedando sin aliento. Venía hacia mí decidido a levantarme del suelo. Afortunadamente había visto una jugada de Jay Jay Okocha en un resumen de la Premier League y procedí a intentar imitarlo. Incliné mi peso hacia la izquierda, pasando el pie derecho por encima del balón sin tocarlo. Cayó en el amago y sólo tuve que dar un toquecito hacia la derecha. Quedaba uno y el portero.

En ese momento el profesor empezó a gritar ¡Arturo, chuta!, ¡Arturo, venga, marca! Con ese ánimo olvidé que en ese momento mis piernas bombeaban ácido y que seguramente el último defensa acabaría conmigo. Los gritos continuaban. ¿Me suspendería si fallo? A la desesperada vino a mi encuentro Carlos. Creo que era Carlos. Se deslizó para hacer una segada de manual aún a riesgo de arruinarse el pantalón de chándal, pero no podía ser que el canijo aquel de las orejas grandes marcase ese gol. Piqué el balón por encima pero no pude evitar que en el salto me diera, desestabilizándome. El portero y la gloria me esperaban. El profesor ya no gritaba, suplicaba que chutase. Todo era borroso alrededor. Quería acabar ya. No por marcar sino por poder tirarme en el suelo y quedarme un año ahí tumbado. Desestabilizado estaba. Recuperé la vertical como pude. El portero no salió porque no era portero. Escuchaba gritos de niños en la pista de al lado. Sólo tenía que chutar y me llevarían en hombros. Y chuté. Fuera. Acabó la clase. No recuerdo exactamente lo que pasó justo después porque está debajo de un monton de cosas de la biografía de Harry Houdini. Pero creo que me dio un poco igual el fallo. Me quedé y me quedo con la jugada.

Pues así en la vida en general.       

lunes, 29 de mayo de 2017

Después de Totti

Eduardo Galeano era un señor uruguayo que escribía libros y era brillante. Escribió mucho - y siempre excelentemente - sobre fútbol. Tenía 10 años cuando Alcides Ghiggia mandó callar a 200.000 brasileños. Eso no se olvida. Solía decir que el fútbol se parecía a la idea de Dios en la devoción que le tienen los creyentes y la desconfianza que le tienen muchos intelectuales. Le gustaba esa semajanza entre fútbol y religión. Sostenía que el fútbol era la única religión sin ateos. También defendía que en su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político, de religión... Pero no puede cambiar jamás de equipo de fútbol. Galeano, como siempre, tiene razón.
Cierto es que el sentimiento romántico del que habla Galeano se desvanece en cuanto la profesionalización entra en juego. Y es normal. Como en cualquier ámbito laboral; si te pagan más en otro sitio, no es reprochable irse. Por eso ayer, cuando me encontré, por pura casualidad, con las imágenes de la retirada de Francesco Totti, pensé que algo grave acababa de ocurrir. Y no me refiero a que después de 25 años dejara el equipo de toda su vida. Ni a que en ese momento pensara en los Balones de Oro y Champions League que tendría si hubiera jugado en equipos más potentes. Y no me refiero a que la posición de mediapunta esté oficialmente extinguida. Ni a que me viera aplastado por una ola de nostalgia al recordar la Roma campeona del Scudetto en 2001 y a los Delvecchio, Cafú, Montella, Nakata, Emerson, Batistuta, Lupatelli... Tampoco me refiero a que es una pena que un futbolista de esa dimensión, de esa calidad, de ese carisma se retire. Lo que realmente me abrumó es que el romanticismo en el fútbol ha muerto. El último romántico ha dicho basta.
En la última década, en pleno canto de cisne de las estrellas que hicieron grande el fútbol en los 90 y 00, ha ido apareciendo una subespecie de "aficionado" al fútbol que (quiero creer que no) se ha asentado. Conformada por aquellos que no les gusta el fútbol. No les interesa lo más mínimo. Incluso, por sus modos, parece que lo desprecian. No son capaces de disfrutar de un partido si no juega su equipo. Mejor dicho, si no gana su equipo. Y eso es muy triste. Y muy surrealista porque no hay nada más etimológicamente incorrecto. Algunos de ellos (ni siquiera los más brillantes) ocupan horas de radio y televisión y páginas de periódicos cada día en medios nacionales. Se dedican a cualquier cosa excepto hablar de fútbol. Han deformado el concepto rivalidad y lo han hecho suyo con perversas intenciones.
La afición de la Lazio rindió pleitesía a Totti. Ellos sí saben qué es la rivalidad. Ellos sí saben qué es el fútbol. Curioso
Nos dejas solos, Totti. Pero qué bien nos lo hiciste pasar.

miércoles, 10 de mayo de 2017

El gusto es tuyo

Joaquín Miranda era banderillero de Juan Belmonte. Después de la guerra ocupó el cargo de gobernador civil de Huelva. Un día le preguntaron cómo se podía pasar de una cosa a otra. "¿Cómo va a ser? Degenerando", respondió.
Y precisamente degenerando llegué en Youtube a un vídeo titulado 73 Preguntas. Se las hacían a una youtuber, parece ser que bastante célebre en su mundillo, que se definió en una de sus primeras respuestas.
- ¿Qué inventarías?
- Una máquina contra la injusticia.
Pura poesía de lo absurdo y pretendidamente concienciado socialmente. Ya existe, pensarán muchos, pistola se llama. Tan vacío era el discurso que me quedé pegado. Cada imbecilidad superaba a la anterior, y ya era muy imbécil cada una. Me estoy calentando. El caso es que una de las preguntas demandaba que la protagonista se definiera en tres palabras. Dijo leal y otras dos igual de originales. Entonces pensé en cómo me definiría yo. Y me rendí enseguida.
Me rendí porque es absurdo encorsetarse, que se lo digan a Vivien Leigh.
Pero le estuve dando vueltas. Un día haciendo limpieza encontré una agenda del curso 99/00. Echando un vistazo por curiosidad reparé en una frase demoledora: "¡Día memorable! He sacado un 7 en Matemáticas." Dice mucho de mí. De lo hostiable que es un niño de 10 años que dice "memorable", concretamente.
Y seguí pensando en cómo me definiría. Dicen que tus amigos te definen. Puede ser. Pero creo que te definen más tus gustos. No los más generales, es decir, el antimadridismo no te define porque es una cuestión de sentido común. Tus gustos te definen. Las películas, los articulistas, las canciones, los libros, los programas de tv (si en este apartado piensas en alguno de la pública te define pero mucho), los cómicos...
Pensé mucho, largo y tendido - la mayor parte del tiempo - sobre el asunto. Hoy he leído que Les Luthiers han sido premiados con el Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades. Creo que los gustos te definen. Yo pondría que Les Luthiers me maravillan en mi DNI. Soy lo que Daniel Rabinovich ha hecho de mí. Dicho de otra forma, no te conozco pero si te gusta Les Luthiers me fío de ti. Te respeto. Te admiro. Joder, te quiero.

lunes, 3 de abril de 2017

Homer debe morir

Ocurre que muchas veces no saludas por la calle a gente que conoces. Aún habiéndolos identificado perfectamente. Puede ser a causa de muchos motivos. En mi caso el 80% de las veces se debe a pura misantropía, nada personal. El restante 20% obedece a un imperativo psicológico: tengo interiorizado que a esa persona no se le saluda por algún motivo que no recuerdo en el momento pero que debe ser de peso. Mi subconsciente ordena, yo ejecuto. Quiero decir, si él sabe (estoy humanizando a mi subconsciente, por cierto) el motivo, yo confío. A veces pasa que un día al cruzarme con alguien y automáticamente no saludar empiezo a preguntarme por qué. Y a veces lo recuerdo. Me pasó el otro día algo parecido con Los Simpson.
Dejé de ver Los Simpson hace un par de años. Sólo ponían capítulos nuevos en la tele y como los capítulos nuevos son lamentables opté por, con todo el dolor de mi fervor simpsoniano, separar nuestros camino. Literalmente me dolía ver lo que veía y, sobre todo, compararlo con los clásicos.
Pillé el final de un capítulo. Un refrito en el que se anunciaba nueva temporada con una canción que decía algo así como "Los Simpson nunca acabarán", acompañada con posibles situaciones que se verían en el futuro, como una Marge robot. Bien, seamos claros: los Simpson deberían haber finalizado al final de la temporada 10. Y esto es impepinable. Bien es cierto que voces más extremistas dicen que incluso antes (temporada 8-9). Pero no comparto. Sigamos. A lo largo de las temporadas 11 y 12 se produjo un retroceso cualitativo bastante importante. Y de ahí a la temporada 28 (actualmente en emisión) la debacle se ha ido consumando progresivamente. Es entendible que el fan medio de la serie discrepe, incluso que estentóreamente se oponga a esta afirmación. Pero es por culpa de lo que podríamos denominar el síndrome Bill Murray en la nieve con Andie McDowell. En esa maravilla atemporal - en todos los sentidos - llamada Atrapado en el tiempo hay una secuencia en la que Bill (Phil) intenta enamorar a Andie (Rita) a toda costa. Recaba toda la información que puede sobre ella gracias al bucle en el que está prisionero y casi lo logra. En esa ocasión en la que más cerca estuvo se produjo un momento ciertamente romántico en la nieve: ambos tropiezan entre risas, caen al suelo y la magia se palpa. En los siguientes días intenta forzar la misma situación de nuevo, pero el momento ya pasó. Donde antes había magia ahora hay incomodidad. No fluye nada, es una tarea compleja como pellizcar a un delfín. Algo parecido le pasa a estos simpsonistas. Están enamorados del recuerdo de los buenos tiempos, asocian lo amarillo a la excelencia. Y, lamentablemente, como dijo el poeta, lo que pasó, pasó. ¿Quiere decir que no se puedan encontrar momentos graciosos en un capítulo de la decimonovena temporada, por ejemplo? Claro que no. Pero del mismo modo que también los hay en un capítulo de Los Serrano o de La que se Avecina. En una entrevista hablando del humor de Krahe dijo Sabina que había una diferencia entre un chiste barato (sobre "mariquitas" por poner un ejemplo de ese humor de calidad) cualquiera de una serie, obra de teatro o programa de tv y un verso de Krahe: te puedes reír con ambos, pero con Krahe te sientes más inteligente y con el otro más primario, más burdo. Pues eso mismo.
Los Simpson no es una serie de humor. Durante 10 temporadas fue mucho más. Fue - es - el creador de la réplica anticapitalista definitiva ("tendrá mucho dinero, pero hay algo que nunca podrá comprar: un dinosaurio"), es responsable del alegato anti-Trump definitivo varios años antes de que llegara a la Casa Blanca (NO A LA 24), es un providencial propiciador cinefílico (servidor vio El Resplandor, Alguien voló sobre el nido del cuco o El planeta de los simios a partir de Los Simpson), es la solución a nuestras dudas metafísicas (nunca vendas tu alma, y menos a Milhouse),  es un tratado filosófico (dos mendigos están bajo un puente, se hacen cosquillas el uno al otro con plumas mientras dicen "¿quién necesita dinero teniendo plumas?"), es un estudio antropológico (Kang le dice a Kodos en el capítulo especial de Halloween en el que una invasión alienígena es repelida por un Moe armado con una tabla con un clavo incorporado: "un día crearán una tabla con un clavo tan gordo que los destruirá a todos"), es un magnífico e insuperable engrasador de conversaciones ("como aquel capítulo en el que Lisa..."), es la vida hecha familia amarilla. Y por eso, y por muchas cosas más, tuvo que acabar hace, como mínimo, 18 temporadas.
Lo digo porque yo soy lo que Homer J. Simpson ha hecho de mí. Tengo licencia moral. Son casi 20 años dedicando una hora de mi vida a esta serie. Pido un final digno para la que fue la mejor serie de todos los tiempos. Por todos los simpsonistas, por Troy McCLure, por el Dr Marvin Monroe, por Murphy "Encías Sangrantes", por Rasca y Pica, por las bromas telefónicas de Bart a Moe, por los mocasines saltarines con la piel de dos mastines, porque el aliento del gato de Ralph huele a comida de gato, porque nuclear se dice nucelar, porque a la grande la llamamos Mordiscos, porque nadie piensa en los niños, porque no conquistas nada con una ensalada,y sobre todo porque nos manifestaremos como hicimos ayer,porque la fábrica es suya pero nuestro el poder.
Los Simpson ya no son Los Simpson. Por eso Homer debió morir hace mucho tiempo. Ese chicle ya no tiene sabor. Merece un final digno por tantas horas de entretenimiento y felicidad. Me voy a ver por nonagésimo séptima vez "El flameado de Moe". ¿De qué temporada es? ¿De la 22? No, de la 3. Que, por cierto, es la mejor de toda la serie, pero ese es otro tema.

domingo, 12 de marzo de 2017

Manuel Jabois y la sonrisa de Cecilia

Manuel Jabois es mala persona.
Lo es sin duda. Lo es porque cada vez que escribe me hace sentir aún más mediocre de lo que soy juntando letras. Que ya es bastante de por sí. Hace unos días escribió una (merecidísima) loa a Warren Beatty y a Faye Dunaway después del archiconocido incidente de los Oscar. La sonrisa de Bonnie tiene por título. Es una maravilla. Si uno es cinéfilo lo disfruta. Si además de cinéfilo tiene cierta querencia al Hollywood Dorado es un regalo de cumpleaños. Podría desmenuzar su contenido pero no le haría justicia. Además, ya puestos a osar, osaré a lo grande y hablaré de la sonrisa de Cecilia.
Hablemos de La Rosa Púrpura del Cairo. No diré aquello tan manido de "A partir de aquí spoilers" porque de alguna forma subrepticia es deducible que, diciendo que no lo voy a decir pero a la vez formulándolo, va implícito que, efectivamente, los habrá, y como pirámides me atrevo a decir. No me atrevo a decir que La Rosa Púrpura del Cairo es la mejor película de Woody Allen. Pero sí es su mejor final, o como poco, el más emotivo; ya es decir bastante.
Cecilia está llegando a las puertas del cine. Está devastada. Absolutamente rota. Lo está por culpa de tres hombres. Monk, su marido, es un vago borracho (o viceversa) que se gasta el dinero que su mujer trae a casa apostando con sus amigotes, que le es infiel por sistema y que la maltrata físicamente de forma eventual aduciendo que es por su bien. Un hijo de puta de manual. Monk es uno de los tres hombres por los que Cecilia está pagando una entrada con una maleta y un ukelele
"He conocido a un hombre maravilloso. No es real pero no puedes tenerlo todo". Esto dice Cecilia de Tom Baxter, otro de los tres hombres por los que está sentándose en su butaca mientras acomoda sus pertenencias entre lágrimas. Tom Baxter es el protagonista de "La Rosa Púrpura del Cairo", la película en la que Cecilia se refugia una y otra vez porque su vida parece odiarla. Tantas veces va al cine que Tom se enamora de ella y sale de la pantalla.
El tercero de los hombres culpables de que Cecilia esté viendo una película desconsoladamente desconsolada es Gil Sheperd. Es el actor que da a vida a Tom Baxter. Acude al pueblo de Cecilia porque la espantada de su creación ha originado un peligroso precedente y el resto de Tom Baxter de otros cines también han huido de sus respectivas pantallas - ocasionando un perjuicio económico importante para Gil. Cecilia se encuentra con Gil y es encantador. Incluso duda con quién debería quedarse: Tom o Gil. Se produce una confrontación entre ambos. Tom dice a Cecilia que la quiere. Que es sincero, una persona en la que se puede confiar, valiente, romántico y que besa muy bien. "Y yo soy real", replica Gil.
Cecilia decide poner los pies en la tierra. Rechaza a Tom - que vuelve a la película -, decide fugarse con Gil, pero antes debe ir a casa a recoger sus cosas y ver a Monk por última vez. Cecilia abandona la casa. Monk le grita que volverá, que el mundo real podrá con ella, que puede que tarde una hora o una semana, pero volverá. Pero Cecilia es feliz. Ha dejado atrás a un hombre monstruoso y le espera uno maravilloso. Cecilia es feliz.
Cecilia llega al cine, donde debería estar él. Pero él, Gil Sheperd, famoso actor, no está. Está en un avión. "La Rosa Púrpura del Cairo" ha sido retirada por los productores. Cecilia piensa en las palabras de Monk. Piensa que volverá más cerca de la hora que de la semana. Piensa en lo miserable que seguirá siendo su vida. Piensa, mientras camina por la calle con una maleta y un ukelele, en Tom, en cómo le rechazo porque no podía ser verdad que estuviera enamorado de ella, porque a ella nunca podría pasarle algo tan bonito, tan puro. Piensa en que se equivocó eligiendo a Gil. En todo eso pienso cuando vuelve a pasar por la puerta del cine. "Sombrero de copa". Entra.
El hijo de puta de su marido tenía razón. La vida real pudo con ella. Cecilia no tiene consuelo. Pero empieza la película. Fred Astaire y Ginger Rogers, los dos vestidos de gala, bailan y cantan Cheek to cheek en un fastuoso salón. Cecilia, cuya vida es un páramo yermo, que ha perdido la oportunidad de ser feliz, observa con los ojos como platos. Su gesto empieza a cambiar. De pronto, sonríe. No es una sonrisa exuberante. Es la sonrisa de Cecilia, sólo eso.
Qué hostiable me hace esto que voy a escribir ahora, pero qué bonito es el cine.

martes, 21 de febrero de 2017

Supervolcán

Un supervolcán no es un volcán con capa. No lo es. Más bien hablamos de supervolcán cuando nos referimos a zonas vastas de terreno que se originan cuando un volcán revienta vivo (creo que es el término más apropiado) y colapsa; se derrumba y como resultado queda un gran cráter aderezado con géiseres y ácido sulfúrico, entre otras cosas que suenan a plan ideal para un viernes noche. Un sindiós.
¿Un ejemplo de supervolcán? El parque de Yellowstone. Hace unos meses dos hermanos se desviaron de la ruta marcada por el parque para visitantes. Transitando una zona peligrosa, y con razón prohibida, uno de los hermanos resbaló y cayó en una fuente termal. Como resultado se disolvió. El chico se disolvió. Irónicamente los hermanos buscaban un lugar para darse un baño. No me puedo imaginar -ocurió en noviembre - el frío que tenía que hacer en Yellowstone.
La existencia de cráteres hasta ariba de ácido sulfúrico es sólo una consecuencia. Un supervolcán no conoce. Un supervolcán cuando superentra en supererupción no conoce a nadie. Puede provocar un invierno nuclear, así, calmadamente, un lunes cualquiera. Los datos son elocuentes. En mayo de 1883 el Krakatoa dijo hasta aquí hemos llegado. La mayor de las explosiones liberó 200 megatones, o eso dice Wikipedia, lo cual equivale a 10.000 veces la potencia de la bomba atómica de Hiroshima. Un supervolcán puede llegar a multiplicar por 50 la energía desatada por la Krakatoa. ¿De acuerdo? Hace 75.000 años un supervolcán se arrancó en lo que hoy es territorio americano por Raffaella Carrá. Justo al terminar de decir "expló" rocas llegaron a alguna parte de lo que hoy es Europa.
En cualquier momento un supervolcán puede ponerse nervioso.
Pues sabiendo todo esto, mi principal preocupación ahora mismo en la vida es que tengo partido en media hora y no encuentro la bota derecha.

domingo, 12 de febrero de 2017

El señor del gel

Creo que era martes aquella tarde en la que un hombre desnudo de mediana de edad me tocó en el hombro.
Por una concatenación multitudinaria de planetas me encontraba en el vestuario de un gimnasio. Guardaba mis cosas en la taquila 329 cuando noté un leve contacto en el hombro. Lo que me encontré al dar la vuelta era digno de describir concienzudamente, procedo: era un señor  de no menos de 55 años tan desnudo como podía, velludo como para sobrevivir un invierno en Sebastopol, no muy alto, no muy bajo, estaba algo azorado por las temperaturas tropicales que se alcanzan en los vestuarios de gimnasio y - hasta aquí todo medianamente normal - portaba un bote de gel de baño de un litro.
Ver ese cúmulo de factores tan súbitamente fue complejo de asimilar. Podría haber vivido sin tener que asimilar esa visión. ¿Has leído el Ulises, de Joyce? No, pero lo quiero tachar de mi lista próximamente. ¿Has paseado por Greenwich Village a media tarde en octubre escuchando la version de Billie Holiday de Let's call the whole thing off? Ciertamente no, pero supongo que debe ser una experiencia magnífica. ¿Has interactuado alguna vez con un señor de mediana edad totalmente desnudo con un bote de gel de baño de un litro en el vestuario de un gimnasio una tarde de martes? Sí, y no repetiría.
El caso es que me giré y allí estaba. Intenté normalizar aquella situación tan marciana con una media sonrisa y un leve arqueo de cejas que dijera "¿qué desea?, pero tápese antes".
¿Es tuyo este bote de gel? - preguntó.
No lo era. Respondí que no. Entonces explicó que después de ducharse se lo había encontrado en una ducha huérfana. No era el qué, era el cómo. Lo explicaba de tal forma que parecía que el bote de gel de baño era un niño recién nacido. Su tono desprendía un reproche para aquel individuo que osó dejar abandonado aquello en una ducha. Estaba realmente serio, convincente más allá de que, efectivamente, no escondía nada a la imaginación. Era absurdo pero qué buena defensa hizo aquel señor desvestido sobre por qué no hay que dejar botes de gel de baño de un litro olvidados a su suerte.
Por otra parte, también pensé en una posibilidad tremendamente remota. ¿Y si el tipo me estaba poniendo a prueba? ¿Y si el bote era suyo y quería calibrar - en una voluntad desproporcionadamente excéntrica, propia de un lunático - mi bonhomía, es decir, si sería capaz de apropiarme de un bote de gel de baño ajeno? O quizá fuera un detective tremendamente vocacional que amaba su trabajo sobremanera. Muchas teorías se me agolparon. Incluso, ¿y si era una especie de hada disfrazada de señor desnudo que me quería dar algún tipo de lección grotesca relacionada con productos de higiene personal?
Todo esto lo pensé durante los 15 segundos que duró la escena al completo. Al segundo 16 al darme cuenta que llevaba hablando 15 segundos con un señor desnudo con un bote de champú en la mano tomé la sabia decisión de abandonar el vestuario, aún sabiendo que nunca sabría de quién era aquel bote de gel de baño. No se puede tener todo

domingo, 5 de febrero de 2017

Persecución vetusta

Guardé el dvd de El diablo sobre ruedas, me enchaqueté y bajé a la calle.
Tenía que ir a un sitio relativamente lejano pero iba con tiempo. Decidí pasear. Cavilaba sobre la película. Cavilaba sobre lo a gusto que se quedaría el traductor del título de la película en español. Cavilaba sobre el (brillante) homenaje que le hizo Damián Szifrón en Relatos Salvajes. Cavilaba sobre los villanos del cine de Spielberg, sobre cómo con némesis como un camión cisterna desatado, un tiburón blanco prácticamente prehistórico o máquinas extraterrestres del tamaño de bloques de pisos de VPO, el más monstruoso de todos era un austriaco con barriga llamado Amon Goeth. Cavilaba sobre lo bueno que es - era, será - Spielberg, lo crucial que es para el cine de los últimos 40 años y, sin embargo, que hizo una película con un caballo como protagonista. Cavilaba sobre si "cavilaba sobre" está correctamente dicho. Cavilaba, que no es poco.
Rebuscaba en el móvil la mejor forma para ilustrar musicalmente mi camino cuando ocurrió. Un leve toque por detrás. Lo suficiente para que mi tobillo derecho se sobresaltara todo lo que un tobillo derecho es capaz de sobresaltarse. Giréme y vi al tocante: un señor de no menos de 85 años, ataviado con una boina de paño, con una carestía dental plena y sentado en un carrito motorizado. Iba envuelto en los acordes de Shining Star así que al voltear no pude escuchar lo que me dijo el anciano. Por su gestualidad intuí que habría dicho algo tremendamente descacharrante para disculparse y confirmé que, efectivamente, tenía las mismas piezas dentales que una codorniz adulta. Me dediqué a esbozar un amago de sonrisa, hacer un gesto con la mano y - en un tono seguramente mayor del habitual - emitir un "no pasa nada" bastante académico.
Reanudé el camino. Calculaba los metros que me separaban del semáforo para testar mi maltrecho tobillo cuando reparé en que el anciano motorizado seguía detrás de mí. Llegué  al semáforo. Seguía detrás de mí. Cada vez que echaba la vista atrás ahí estaba. Lo más inquietante es que mantenía esa sonrisa fantasma. Cómica también, no lo negaré, pero inquietante. Constantemente estaba alzando la mano derecha, como llamando la atención de alguien. Asumí que sería un señor muy popular en el barrio, quizá por su conducción temeraria. No le presté más atención al asunto.
Al menos no en ese momento. Como esa ruta en concreto es habitual en mi cotidianidad opté por alterarla un poco. Callejeé. El anciano seguía inasequible al desaliento (signifique lo que signifique). Empezaba a resultar evidente que aquello era una persecución. A cada vistazo aquella boca parecía más la de un dementor. ¿Cómo se agarra uno el alma para que no se la roben? La molestia en mi tobillo había aumentado. No podía imprimir a mi caminata un ritmo mayor. La angustia empezó a invadirme. ¿Y si era su modus operandi? ¿Y si primero te daba un golpe "sin querer" para lastrar tu ritmo y luego, cuando estabas exhausto, te contaba su experiencia como cristalero duante 40 años en Trebujena?
Me aguantaba el ritmo bastante sobrado. Parecía entrenado. Eran ya 15 minutos de casualidad. Muchos me parecieron, muchos eran. Miré el horario del autobús de la línea 47 y comprobé que tenía que hacer algo o me daría caza. Recurrí a un anudamiento ficticio de mi zapatilla derecha para permitir que me adelantara y así liberarme. No aprovechó el impasse que le proporcioné. Es más, se paró a mi altura. Me temí lo peor. El anciano paró el motor de vehículo. Me tocó en el hombro. Levanté la mirada temeroso. Por una décima de segundo juraría que se encontraba a mi lado el mismísimo Immortan Joe. Vencido, me quité los auriculares.
- Me parece que no me escuchaste antes- dijo él.

N.B.
Antes era hace ¡23! minutos.

El panorama cambió. Evidentemente la persecución tenía un por qué. Lo que me había dicho debía ser sumamente importante. De repente me pareció un hombre sabio. Un profeta incluso. Un asceta quizá. Podría ser que en un acto de magnanimidad decidiera, en compensación por ese golpe fortuito, revelarme el sentido último de la vida. O que fuera mi yo del futuro y que, en un homenaje a Regreso al ídem, quisiera entregarme un calendario con los resultados deportivos de los próximos 30 años para que me hiciera millonario con las apuestas. No me cuadró mucho esa teoría en concreto porque yo no soy muy partidario de esos estampados para una boina, pero todo podía pasar. Le respondí.
- Lo siento, estaba con los auriculares puestos. Dígame.
La expectativa se había disparado.¿Qué me querría decir? Era el momento. Mi vida podía cambiar. O no. Más bien no.
- Te pregunté si eras del Betis.
Me desconcertó. Quizá fuera un filtro. La prueba de la verdad. "Sólo el penitente pasará". Sería tremendamente poético que sólo quisiera premiar ad eternum a un bético. Le confirmé que lo era.
- Pues si lo sé te doy más fuerte (risas desdentadas) porque yo soy sevillista (más risas, igual de desdentadas).

Y se fue.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Shirt Story

Jamás se me había pasado por la cabeza. Nunca. Y eso que me encantó la primera vez que la vi. Pero no de ese modo. Nunca de ese modo. Siempre lo tuve claro con ella. O eso pensaba hasta hace dos noches. Fue cuando sucedió. Todo muy natural, como un proceso lógico, como quejarse de los resultados electorales después de no votar. Aún no me lo puedo creer. Que pasara, ademaś en Navidad, para que fuera un recordatorio de lo ruin que puedo llegar a ser, de lo desalmado que realmente soy. Me siento como se debe sentir el peluquero de Donald Trump. O el propio Donald Trump, si no hubiera vendido su conciencia años ha - a muy buen precio seguro. Comprendería que después de leer estas líneas, cada vez que caminara por la calle, el vulgo la emprendiera conmigo a tomatazos mientras una señora de rostro particularmente hombruno agita una campana medium size y exclama continuamente &SHAME& - se conoce que en esta fantasía con reminiscencias juegodetronianas la señora de rostro particularmente hombruno también quiere recomendar la película de Fassbender. Lo entendería. No es para menos. La penitencia debe ir acorde al pecado, dicen. Y mi pecado es como un menhir. Por eso me veo obligado a quitarme de encima este peso - no es pequeño un menhir -, como sea. Ahí va mi confesión: Sí, lo hice, me acosté con ella y luego la dejé tirada. Soy consciente de lo aberrante que resulto. Era mi camiseta favorita.
Al menos lo era  cuando nos conocimos. Un flechazo textil. Cuando la vi tirada en el cama los recuerdos se agolparon. El primer piropo ajeno. El primer &¿dónde la compraste?&. La primera noche fuera. Todos esos momentos se perderán como serigrafía de camiseta de fútbol comprada a vendedor oriental.
Por supuesto no era la primera vez que pasaba por este trance. Pero siempre todo seguía su cauce natural. Soy un monstruo, ni siquiera fue camiseta de estar por casa antes. Pasó de &ocasiones especiales para agradar& a &un día a la semana obligatoriamente&. Y de ahí directamente a &una de dormir&. No lo merece, no me merece.
Pero, aunque sé que la he perdido para siempre, que ya no me mirará con las mismas mangas, la guardaré. Como reliquia, como recuerdo de lo felices que fuimos. No será hecha trapos. No le fallaré, hemos sido compañeros, siempre estaré ahí. En esta Shirt Story, ella es mi Woody.

lunes, 10 de octubre de 2016

Rob Reiner, contingente y necesario

Si una conversación cinéfila se pone interesante se suele debatir sobre Lynch, Tarantino o los Coen. Si, por avatares de la vida, es menester dormir a un rebaño de ovejas, se suele hablar de Tarkovsky o de la nouvelle vague más recalcitrante. Si realmente merece la pena quedarse un rato más en el bar, se habla del plano final de Centauros del desierto, del rostro de Jack Lemmon en la escena del espejito de El apartamento o la dulce demolición anímica que visionar Dejad paso al mañana deja en una persona adulta relativamente viva. Pero poco se menciona a otros directores. Más artesanos que artistas. Más working class que genios. Más trabajadores que divos. Poco se menciona a Rob Reiner.

Para muchos Rob Reiner hace comedias malas. En los últimos diez años no discutiré que la calidad media de su trabajo raspe el aprobado o incluso tenga que ir a revisión en más de una ocasión. Pero estamos viendo sólo una esquina del cuadro.

Rob Reiner es un señor de Nueva York de 69 años que hace cine. No tiene ningún Oscar. No le hace falta. Muy probablemente en las listas de películas favoritas de mucha gente no aparezca ninguna obra suya. No es mediático. No es una estrella. No es referente. Para algunos puede ser contingente. Definitivamente es necesario.  

A simple vista, Reiner parece el tío Phil, de El Príncipe de Bel-Air, si fuera blanco. Pero tras esa imponente presencia se esconde el director que mejor ha interpretado y llevado al cine la obra de Stephen King (ex aequo con Frank Darabont). Un director tremendamente ecléctico con una capacidad  sorprendente para abordar temáticas muy dispares entre sí con notables resultados. Versátil, polivalente, capaz. Así es Rob Reiner. Entre 1986 y 1992 vivió su mayor esplendor.

Cinco películas, cinco géneros, cinco exhibiciones fílmicas.

Cuenta conmigo (1986)



Adolescentes, verano y un cadáver

La tercera película dirigida por Rob Reiner es una aproximación a un relato de Stephen King. Reiner optó por trabajar con un material que no se suele identificar con el trabajo del escritor. No había monstruos, ni fenómenos paranormales. 

Una pandilla de cuatro chicos que realizan un viaje a espaldas de sus padres para ver un cadáver. Tan simple como eso. Adolescentes viviendo aventuras. Como Los Goonies (de hecho en ambas podemos ver a Corey Feldman), pero más cruda, más áspera, más real. Es la otra cara de la moneda. El sentido del ritmo, el increscendo de la acción narrativa, todo funciona perfectamente. Sumadas a la tremenda Sleepers (Barry Levinson, 1996) conforman un triunvirato imprescindible de películas protagonizadas por adolescentes.

La película habla de la amistad. No de la amistad adolescente. Esa etiqueta está bien para clasificaciones en web de cine. Es una película compleja. Las dosis de comedia - impagable la desagradable historia de Culograsa -  no edulcora la cruda realidad de los personajes, sólo supone un alivio eventual para el espectador. En ocasiones se dice que la presencia de un actor aguanta una trama simplemente estando en plano. Eso ocurre cuando la película precisa de ese apoyo. Cuando la película es notable, como es el caso, un actor puede sublimar el producto final. Es el caso de River Phoenix. Tenía 16 años. Empezaba a asomar una rotundidad demoledora en pantalla. Murió con 23 años, por los excesos. Digamos que tenía tanta curiosidad por explorar los límites emocionales de sus personajes como por múltiples sustancias terminadas en -ína. Habría sido un grande. O no. Pero tenía proyección para ello. Impresiona su capacidad aquí para dominar el tempo, para imprimir carácter o sensibilidad, lo que la escena necesitara. Esta película hay que verla por el River Phoenix. 

Y porque sale Bocazas, de los Goonies.

Y porque es un relato magnífico de Stephen King.

Y porque la dirige Rob Reiner.

La princesa prometida (1987)


"Me llamo íñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir"

Si no has visto esta película no has sido niño. O no un niño en el sentido más completo. O sí un niño, pero incompleto, como un pan ácimo infantil.

La quintaesencia del cine de aventuras medieval-fantástico. El punto de arranque es francamente ñoño. Una historia de amor entre una chica que vive en una granja y su mozo de caballerizas. Un coñazo pasteloso, dicho mal y pronto. Sin embargo, dos conceptos quedan claros: Robin Wright puede producir síndrome de Stendhal y el señor de la fotografía de arriba es la diferencia entre una película simpática y una imprescindible.

La trama evoluciona y empezan a sucederse los problemas. Una desaparición, un príncipe malvado que pide matrimonio a la protagonista, un secuestro... La historia despliega su encanto. Empiezan a aparecer los secundarios que realmente dan su justa fama a la película. Algunos temibles como el pirata Roberts, un proto Keyser Sozé. Otros simpáticos como el Milagroso Max - acertado Billy Crystal - que son capaces de resucitar a un muerto "en su mayoría", pero le aconsejan que no bañarse hasta dentro de una hora. Bonachones como el interpretado por André el Gigante. Muy Tyrion como el brillante Vizzini. O sencillamente iconos de la historia del cine, como Íñigo Montoya. Su aparición provoca que la temática vire y que el amor se vea rebajado por el honor y la venganza. "Me llamo Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir". El matiz que hace de esta película un imprescindible. No se puede racionalizar el amor, así que no intentaré explicar la dimensión real de esta frase. Si has visto la película me entenderás. Si no, te envidio mucho. Es una de las frases que definen los 80. Y el cine en conjunto.

La princesa prometida se basa en un relato de William Goldman. Pero hecha celuloide bebe de muchas fuentes. Tenemos algo de cine de piratas, Errol Flynn (mucho duelo a espada), un Igor, un guiño a los Monty Python en forma de cura que habla del "madimonio"...  

No hablamos de una película. Hablamos de un icono. 

Rob Reiner hizo una joya, pero, aunque hoy resulte "inconcebible", no lo sabía. 

Cuando Harry encontró a Sally (1989)


A Reiner le gusta Woody

El siguiente proyecto de Reiner fue una comedia romántica, con Billy Crystal y Meg Ryan. Pero no una vulgar, no una de las que llenan las salas. La típica película que provoca codazos acompañados de "¿ves?", pero sin apoyarse exclusivamente en el físico de sus actores. La clásica lucha de sexos que brillantemente plasmaron Spencer Tracy y Katharine Hepburn en los 40 y 50. La misma que un par de décadas más tarde sublimó Woody Allen con esa proeza fílmica que es Annie Hall. Precisamente el respeto y admiración de Reiner por Allen - el primero participó como actor en Balas sobre Broadway - es apreciable desde el inicio en la película. Desde los créditos: música jazz, fondo negro, letras blancas. Puro Woody. Incluso en algunos estilismos de Meg Ryan apreciamos el personalísimo sello de Diane Keaton en Annie Hall.

Apoyándose continuamente en el mito sobre la imposible amistad entre un hombre y una mujer, el guión de Nora Ephron nunca pierde de vista el referente alleniano. Él es un tipo neurótico, bastante mujeriego y que tiene una teoría elocuente para todo. Ella es más flower power, enamoradiza. 

Él es Billy Crystal. Ella es Meg Ryan. Su química es un prodigio. Él ya trabajó con Reiner en La princesa prometida y es uno de los mejores comediantes de Hollywood. Y no muy atractivo, siguiendo los paradigmas allenistas. Ella aquí hace su mejor trabajo, aportando candidez a la frialdad de su partenaire. Una lástima que actualmente debido a los excesos quirúrgicos parezca la hermana pequeña del Joker. Protagoniza la escena culmen de la película, la que le da su fama imperecedera, la del orgasmo apoteósico en una cafetería, la que tiene un remate brillante con la madre del director diciendo la famosa frase "Tomaré lo mismo que ella".

Musicalmente también encontramos a Woody. Resulta muy significativa la inclusión de una versión de la clásica It had to be you. La podemos encontrar también en una película que empieza por A y termina en nnie Hall. Tal es el homenaje que incluso encontramos una carrera tipo "qué tonto he sido, es el amor de mi vida y no se lo he dicho" por las calles de Manhattan que, en un triple mortal referencial, nos retrotrae a la de Isaac Davies en la película de título homónimo de Allen y también a la primigenia carrera de Fran Kubelik en esa maravilla catedralicia que es El Apartamento, de Mr Billy Wilder. 

La carrera desemboca en declaración. Ciertamente no llega - hablamos de cine moderno - a la altura de la del nunca suficientemente añorado y ponderado Robin Williams en El Rey Pescador, por poner un ejemplo, pero rezuma inteligencia y sensibilidad sin caer en terrenos pastelosos. Muy agradecible, por cierto. 

El relato de una peculiar amistad entre un hombre y una mujer a lo largo de 12 años. Junto a Mejor... imposible y Atrapado en el tiempo, Cuando Hary encontró a Sally figura en la élite de las comedias románticas de los últimos 30 años.

Misery (1990) 


Fan viene de fanático

De fanática en este caso.

Un villano define una película. Le da dimensión. O eso al menos decía ese señor britańico tremendamente obeso y talentudo -a partes iguales - que firmó algunas de las refutaciones del séptimo arte como tal y que se apelidaba Hitchcock y se llamaba Alfred. Si aplicamos este particular aforismo, estamos ante una película perturbadoramente maravillosa. Como perturbadoramente maravillosa está Kathy Bates en su primer gran papel en Hollywood. Modela una villana que se presenta como un San Bernardo humano y que se va revelando como una verdadera psicópata ciclotímica - ávida lectora, eso sí - con un manejo excepcional del martillo (una de las escenas más violentas que servidor ha visto) y que mantiene preso al protagonista en una cárcel kitsch. Del maternalismo más infame a la enajenación violenta más cruda.

Mencionamos al protagonista. James Caan demuestra que no es sólo dueño de unos  de los hombros velludos más reconocibles del cine, también es un actorazo. Y lo demuestra con creces estando, prácticamente, inmóvil durante el 70% de la película. No recurre al histrionismo facial para mostrar el horror de la trama. Y la trama - además de ser una película mediana del propio Hitchcock - tiene mucho horror. Mucho. Rebosa horror. Y decoración tremendamente hortera. Y un cerdo. Y un frío que traspasa la pantalla. Y una tensión que no veta la relajación. Y a Richard Fansworth (la idea del héroe atípico en un escenario improbable que luego emplearían los Coen en Fargo, por ejemplo). Y a Lauren Bacall.

Si el director es bueno (que lo es), los actores están inspirados (que lo están) y, además, la historia es buena, es imposible que la película no sea sobresaliente.

De nuevo Reiner adapta una novela de Stephen King. Una en la que trata el esclavismo que muchos autores sufren por parte de sus personajes más icónicos - aquello de Conan Doyle matando a Sherlock buscando nuevos objetivos  y teniendo que resucitarlo tras un tiempo por imperativo popular, su señora madre antorcha en mano incluida - llevado al extremo. Quizá la mejor adaptación al cine de su obra justo por detrás de Cadena perpetua. Ayudó la adaptación que hizo William Goldman, en su segunda - y de nuevo muy próspera - colaboración.

Pocos escenarios pero mucha tensión en la mayoría de planos. El barbudo director no fuerza en ningún momento, no le hace falta; menos es más. Sabe que trabaja con un material sobresaliente. Y seguro que tras ver el recital de Kathy Bates supo que mal no podía salir. 

Reiner arriesgó abordando un género tan complejo como el thriller psicológico.

Volvió a salir victorioso.

Algunos hombres buenos (1992)


De por qué Jack Nicholson es el mejor actor de los últimos 40 años

Terminamos el repaso a las cumbres del cine de Rob Reiner con una de juicios.

El judicial es un subgénero que ha reportado algunas obras maestras como Testigo de cargo (Billy Wilder, 1957), Anatomía de un asesinato (Otto preminger, 1959) o Doce hombres sin piedad (Sidney Lumet, 1957). También películas notables como Las dos caras de la verdad (Gregory Hoblit, 1996) o Sleepers (Barry Levinson, 1996). Algunos hombres buenos es un ejemplo de las notables.

Podríamos hablar en profundidad sobre el estado de gracia de Tom Cruise en esta película y de cómo refutaba que se encontraba en su mejor momento. O de lo controvertido de la temática de la película: el ejército (la Marina), sus particulares códigos, el choque entre humanidad y obligación. O del francamente acertado guión del muy televisivo Aaron Sorkin (El ala oeste de la Casa Blanca - ovación cerradísima -, The Newsroom), que en esta ocasión no abusa tanto como suele de la grandilocuencia discursiva. También podríamos hablar de la enriquecedora aportación de secundarios como los Kevin (Pollack y Bacon), Demi Moore o Kiefer Sutherland. Será en otra ocasión. Al hablar de esta película supone un verdadero latrocinio no loar a Jack Nicholson.

En 20 minutos se pueden hacer muchas cosas. Una de ellas, si eres Jack Nicholson, es demostrar por qué eres el mejor actor de los últimos 50 años. El más versátil, el más regular dentro de la irregularidad imperante en la industria - y por otra parte lógica  - en la que se sumen muchos grandes; no todos pueden ser Daniel Day-Lewis. 

La escena que culmina la trama orbita a su alrededor. Uno como espectador puede asumir perfectamente que tras el "corten" se produjera un silencio sepulcral, que todos los allí presentes se miraran entre sí y le miraran a él, entre el asombro y la admiración. Quizá lamentando no haber acudido a una sombrerería para descubrirse.

Sólo revisionar esa escena ha hecho que merezca la pena escribir sobre Rob Reiner, el director contingente y necesario. 

domingo, 12 de junio de 2016

Dilema nocturno

Escuché este supuesto hace algunos días. No puedo dormir. Desde alguna rendija de mi subconsciente se ha filtrado. No puedo quitármelo de la cabeza. Con esto pretendo aliviar mi tara - que no es fácil - mediante la traumatización empática. El supuesto era algo así:

"Imagina que es de noche. Imagina que vives en una casa de dos plantas. Imagina que estás en la planta de arriba. Imagina también que tu madre (o tu pareja) te llama desde la cocina (piso de abajo). Estáis los dos solos en casa. Empiezas a bajar las escaleras. A mitad de trayecto, una voz absoluta y absurdamente idéntica a la de tu madre (o tu pareja, o tu mayordomo, o tu probador de venenos) replica desde una de las habitaciones del piso superior "no vayas, yo también lo he escuchado".

¿Qué harías?"

lunes, 2 de mayo de 2016

Cosas que pueden pasar cuando canturreas en el 42

Los placeres culpables.

Las listas de reproducción de centenares de miles de personas están repletas de placeres culpables. Cuanto más culpables más placenteros. Algunos tan culpables que se esposan ellos mismos. Pero ese es otro debate. 

Este tipo llegaba tarde a trabajar. Su trabajo estaba cerca, muy cerca. Pero llegaba tarde, muy tarde. Si decidía ir andando, pensó, tendría que imprimir tan velocidad que, prácticamente, sería marcha olímpica. Y hacía calor, y era el sur. Y el 42 estaba parado en el semáforo. Así que montóse en el autobús.

Al fondo había sitio. Quedaba un asiento libre. Al ocuparlo se fijó en la chica que se encontraba frente a él. Si no se hubiera fijado habría cometido un delito gravísimo, de los que implican cárcel turca. Rápidamente para no parecerle un absorto pegajoso de tantos, se colocó los auriculares y puso la reproducción aleatoria. Y sonó un placer culpable. Concretamente uno de esos cuya escucha implicaba la subida de azúcar en sangre.

El ruido en el 42 de buena mañana era apabullante, como un puñetazo. Con un furtivo vistazo volvió a mirarla, impertérrita. Como si estuviera en un prado. Más allá, en un prado de un anuncio de compresas. Tres cosas embarazosas sobrevinieron a este tipo: se dio cuenta de que quizá llevaba demasiado tiempo mirándola, que ella se había dado cuenta porque le estaba mirando y además, que estaba canturreando sin darse cuenta.

"Hoy el Sol se escondió, y no quiso salir, te vio despertar y le dio miedo de morir"

La canción era bizcochable, sí. Ella tendría que trabajar en la CIA para saber realmente lo que había musitado, pensó. El caso es que pinta de agente especial no tenía, pero parecía haberse enterado de cada palabra por la forma en la que entornó los ojos.

El 42 paró. La chica tenía que trabajar como mimo porque se hacía entender solamente mediante gestos. Con la cara decía que no pasaba nada por ese golpe sin querer con el bolso, que mejor la ventana cerrada, que no le importaba. No se molestaba en decir nada. Tampoco le hacía falta.

"La Luna sale a caminar siguiendo tus pupilas"

Otra vez canturreando. Otra vez, curiosamente, temática estelar. Otra vez ella dándose cuenta.

La chica se levantó. Antes, con una media sonrisa, sacó un pequeño bloc, anotó algo, arrancó la hoja y la dobló. Al levantarse la hoja cayó. El tipo diligentemente la recogió del suelo y se la acercó con la palma abierta. Ella sin decir nada, cerró su puño en torno a la hoja y se bajó. La sonrisa era completa.

El tipo desdobló la hoja y encontró un número de teléfono y un nombre de mujer.

Se asomó y vio a la mujer hablando en lenguaje de signos con una amiga.

Siguió canturreando contagiado por la sonrisa y con el azúcar por las nubes.