lunes, 29 de mayo de 2017

Después de Totti

Eduardo Galeano era un señor uruguayo que escribía libros y era brillante. Escribió mucho - y siempre excelentemente - sobre fútbol. Tenía 10 años cuando Alcides Ghiggia mandó callar a 200.000 brasileños. Eso no se olvida. Solía decir que el fútbol se parecía a la idea de Dios en la devoción que le tienen los creyentes y la desconfianza que le tienen muchos intelectuales. Le gustaba esa semajanza entre fútbol y religión. Sostenía que el fútbol era la única religión sin ateos. También defendía que en su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político, de religión... Pero no puede cambiar jamás de equipo de fútbol. Galeano, como siempre, tiene razón.
Cierto es que el sentimiento romántico del que habla Galeano se desvanece en cuanto la profesionalización entra en juego. Y es normal. Como en cualquier ámbito laboral; si te pagan más en otro sitio, no es reprochable irse. Por eso ayer, cuando me encontré, por pura casualidad, con las imágenes de la retirada de Francesco Totti, pensé que algo grave acababa de ocurrir. Y no me refiero a que después de 25 años dejara el equipo de toda su vida. Ni a que en ese momento pensara en los Balones de Oro y Champions League que tendría si hubiera jugado en equipos más potentes. Y no me refiero a que la posición de mediapunta esté oficialmente extinguida. Ni a que me viera aplastado por una ola de nostalgia al recordar la Roma campeona del Scudetto en 2001 y a los Delvecchio, Cafú, Montella, Nakata, Emerson, Batistuta, Lupatelli... Tampoco me refiero a que es una pena que un futbolista de esa dimensión, de esa calidad, de ese carisma se retire. Lo que realmente me abrumó es que el romanticismo en el fútbol ha muerto. El último romántico ha dicho basta.
En la última década, en pleno canto de cisne de las estrellas que hicieron grande el fútbol en los 90 y 00, ha ido apareciendo una subespecie de "aficionado" al fútbol que (quiero creer que no) se ha asentado. Conformada por aquellos que no les gusta el fútbol. No les interesa lo más mínimo. Incluso, por sus modos, parece que lo desprecian. No son capaces de disfrutar de un partido si no juega su equipo. Mejor dicho, si no gana su equipo. Y eso es muy triste. Y muy surrealista porque no hay nada más etimológicamente incorrecto. Algunos de ellos (ni siquiera los más brillantes) ocupan horas de radio y televisión y páginas de periódicos cada día en medios nacionales. Se dedican a cualquier cosa excepto hablar de fútbol. Han deformado el concepto rivalidad y lo han hecho suyo con perversas intenciones.
La afición de la Lazio rindió pleitesía a Totti. Ellos sí saben qué es la rivalidad. Ellos sí saben qué es el fútbol. Curioso
Nos dejas solos, Totti. Pero qué bien nos lo hiciste pasar.